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MARTA MARIÑO, LA COHERENCIA Y LA PINTURA

Sergio Domínguez-Jaén

En el año 1991, el suplemento cultural La Fábrica Atlántica del periódico Canarias 7, hacía balance del año anterior y lo calificaba como «un año decisivo para la cultura en Canarias», añadiendo que «dichos signos llevan a considerar que el arte ha conquistado definitivamente su estatus de una avanzadilla espiritual y transformadora en la sociedad del archipiélago».

En este suplemento se agrupó a una serie de artistas implicados en diversas disciplinas artísticas -entre ellas Marta Mariño- que habían sobresalido por su coherencia y solidez en la década anterior, abarcando la música, la literatura, la escultura, la pintura, entre otras.

No es extraño que a este entusiasmo se sumaran críticos y literatos, ya que en los años ochenta comenzó a gestarse un ambiente cultural en las islas, especialmente en Gran Canaria, gracias a la política cultural del momento desde el gobierno autonómico, cabildos y administraciones municipales. Con los Talleres de arte actual, muchos artistas comenzaron su andadura pictórica con maestros como Lucio Muñoz, Juan Genovés, Hernández Pijoan, Gordillo, Canogar o Jordi Teixidor.

Durante esa década, las exposiciones colectivas proliferaron en las islas, realizándose también grandes instalaciones, como cuando la Catedral y la Plaza de Santa Ana se convirtieron en escenarios para montajes artísticos.

El compromiso con la cultura canaria, el impulso del mercado artístico, la apertura de galerías y el apoyo a nuevas disciplinas como la videocreación o los soportes digitales, provocaron una reacción cultural sin precedentes. Surgieron suplementos, periódicos y revistas culturales.

Este movimiento cultural, a veces de carácter contestatario, no surgió de la nada. Se trataba de interpretaciones plásticas con referentes internacionales como el pop, expresionismo abstracto, neofiguración, surrealismo, arte conceptual, minimalismo e instalaciones tecnológicas. En este contexto nacieron muchos de los pintores que se mantienen activos en la actualidad.

Con la llegada del PSOE al gobierno del Estado y de la Comunidad Autónoma, se produjo un revulsivo cultural. La cultura subvencionada se imponía y, al mismo tiempo, se daba libertad a los creadores. Se publicaron colecciones como Nuevas escrituras canarias, se reformaron espacios como La Regenta y La Granja, y se inauguró el Centro Atlántico de Arte Moderno.

Revistas como La Página, Cuadernos del Ateneo, Síntaxis, Hartísimo, Blanco o Balcón, junto con fanzines y la correspondencia con academias de todo el mundo, abrieron un campo de reflexión cultural.

En este contexto situamos a Marta Mariño, quien comenzó su trabajo incluso antes de los ochenta, cuando finalizaba sus estudios de Bellas Artes y realizaba su primera exposición individual en la Sala de Arte de Cruz Mayor.

Desde entonces, su inclinación por la figuración ha sido una constante, aunque en su obra siempre planea una abstracción latente. Su estilo es reconocible y alejado de toda serialización, proponiendo una figuración encriptada.

En cuanto a su generación, a pesar de que biográficamente pueda situarse en los setenta, Marta Mariño no aparece en los ensayos de Carlos Díaz-Bertrana ni de Fernando Castro, que apenas mencionan mujeres artistas.

En 2001, en un proyecto comisariado por Orlando Britto Jinorio, se reconoce por fin la incorporación de mujeres como Marta Mariño al arte canario de los ochenta.

En lo técnico y temático, Mariño ha trabajado desde la figura humana hasta la abstracción del paisaje. Su serie Intimista, la exposición Golf (1988), el encuentro Anastomosis (1993), Maresía (1997), Naturam (2003), y Códex (2006-2007), demuestran una evolución continua.

En Cercanías (2000), con obras realizadas sobre pale, Mariño presenta una visión poética de los riscos de la ciudad, convirtiendo el soporte en parte esencial del discurso.

Su obra también incluye dibujos y bocetos de gran calidad técnica, como puede apreciarse en la representación del interior de la Catedral.

En su estancia en los campos de refugiados saharauis en Tinduf surgen obras de fuerte carga humana y simbólica.

En conclusión, Marta Mariño es una de las pintoras más destacadas de su generación, con una trayectoria coherente y personal, alejada de las modas. Su trabajo invita a una reflexión profunda sobre el arte, la identidad y la experiencia humana.

 

LA RAMA

Sergio Domínguez Jaén

Para mí no es nada fácil hablar de la obra de Marta con la distancia focal y empática que debe tener mi subjetiva opinión o análisis. Porque aparte de la obra en sí y que aunque se diga lo contrario, no hay crítica que no tenga en cuenta estos prejuicios y precomprensiones. Huelga decir que empatía es su etimología en principio se toma como emoción, de la cual la patina de la semántica la ha puesto a nuestro pies como un acercamiento afectivo a los sentimientos y emociones del otro u otras.

Y adentrándome ya con ustedes en lo que podemos observar aquí esta noche, lo que primero me viene a mientes es la coherencia que ha tenido siempre la pintora con las propuestas que ha hecho a lo largo de su trayectoria: esto es un camino, un camino espiritual y plástico o como ustedes quieran nombrarlo, pues el adjetivo lo he puesto yo desde mi observación del proceso en marcha.

En este sendero, aunque no es mi intención hacer un recorrido cronológico de la obra de Marta Mariño, por razones obvias, y porque ya ha tenido voz en los textos especializados de autores, así como de su temática, no puedo menos que bosquejar una aproximación a lo que considero más sobresaliente en su trayectoria de estos últimos años.

Desde las primeras obras se aprecia una preocupación por la figura humana y por otros seres vivos, vegetación, enraizamiento, insectos, así como de éstos mismos enmarcados en un paisaje casi difuminado, en tenues colores, suspendidos del hilo de su vuelo…

Desde la serie intimista, cuadros grandes que recogen la cotidianeidad, la realidad doméstica de los objetos y utensilios de la casa, hasta los alimentos básicos, así como la serie Golf (Galería Vegueta, 1988) donde vuelve a retomar el paisaje llevándolo hasta la abstracción, como elemento decisivo en la obra destacado por encima de la tenue figuración.

Es mi opinión personal, que en estos momentos considero que el arte debe ser político –algunos entenderán que siempre lo ha sido– pero tiene que visualizarse. No se puede estar en Babia, mientras ocurre lo que está ocurriendo, donde la carcoma de la avaricia ha producido el mayor abuso de poder de las últimas décadas, despojándonos de una parte de nuestros derechos, a costa del enriquecimiento de unos pocos, y que una de las consecuencias sea precisamente la merma en las partidas para la cultura, que va más allá de la etnográfica, el folklore o lo popular, como quieran llamarlo.

Y aquí quiero hacer un alto y señalar el compromiso que tomó con una causa que aún hoy no se ha resuelto y me refiero a unas piezas expuestas -no en esta exposición y otras inéditas-, que son el fruto agrio de la estancia de la pintora en la Hamada, el Sahara argelino, en los campos de refugiados saharauis en Tinduf., lugar inhóspito y desolado donde los haya y donde un pueblo resiste en condiciones inhumanas. De esa experiencia surgieron muchos apuntes y obra sobre madera, donde tanto el material empleado así como la técnica permiten a un tiempo profundizar en la condición humana, como en la poética que todo occidental concibe indefectiblemente en el desierto, lugar de amparo y acogida de este pueblo especial expulsados de su origen, manteniendo con dificultad su identidad cultural.

Pero donde creo que hay un verdadero punto de inflexión, una parada, una estación de aprehensión es en la obra Cercanías (Cicca, 2000) donde utiliza el pale como soporte para su conceptualización, constituyéndose luego como algo consustancial al propio proceso creativo, a la técnica y a la temática. En aquella exposición mostró unas cuarenta piezas –aquí tenemos algunas muestras– de diferente formato en pale y tablas donde recupera una visión de los riscos que orillean la ciudad en una poética difícil de repetir y que desde mi punto de vista supone un lugar importante en la pintura contemporánea canaria. Los riscos, tantas veces recreados por la pintura local desde la regionalista a la vanguardia, se convierten aquí en espacios nocturnos y sinuosos de excepcional belleza.

En este momento donde toca toda clase de revisiones -la llamada ahora post verdad- para no perdernos, porque tenemos que nombrar y etiquetar para hacer nuestro cualquier objeto producto de la cultura- y es donde más se difumina el sentido del arte, es una excelente ocasión para valorar en su justa medida la trayectoria creativa de Marta Mariño con la percepción que nos permita ver más allá de los propios acontecimientos o las etiquetas al uso.

Por otra parte, en Canarias y en casi todo el mundo, son los escritores, poetas o narradores, los que junto a los historiadores del arte, han llevado la tarea crítica, término utilizado a veces como testaferro, porque lo que se ha hecho es literatura sobre el arte y todo hay que decirlo: inmejorable literatura sobre el arte: y a la historia y documentación me remito. Desde Hombre en función de la paisaje de García Cabrera, hasta la magnitud e intuición de Agustín Espinoza, Westherdal, Pérez Minik, Lázaro Santana, Fernando Castro, Sánchez Robaina, Ángel Sánchez o Franck González, por citar a unos pocos, que han ocupado mucho tiempo de su trabajo en el campo del arte en Canarias y en sus referencias universales.

Si estas líneas comenzaban con una celebración de la cultura canaria, -esta exposición- y de la coherencia en la obra de Marta, he de decir que muchas de las intuiciones se han hecho realidad, pues los que eran promesas ahora son realidad y los que eran realidad ahora están en el camino o han cogido una bifurcación personal. Una opción vital que ha escogido Marta, aún no apareciendo con demasiada asiduidad en la red cultural, sigue haciendo su obra como corresponde a su madurez expresiva.

A la espera de que el arte siga ocupando su lugar en la experiencia humana, experiencia de la realidad, del misterio que es el prójimo y el medio que nos rodea, pues no hay organismo sin medio, donde indudablemente surgirán tantas sorpresas que ahora son impensables.

Y concluyo, que desde mi subjetividad y amor, en esta exposición pública de la obra de Marta Mariño, podemos sellar con contundencia que es una de las pintoras más interesantes de su generación, con una trayectoria coherente con su forma de entender la pintura y con una clara vocación individualista, lejos –para bien o para mal– aún no lo sabemos-, de los juegos plásticos que se han sucedido como corrientes, y es interesante corresponder a la palabra, porque la corriente arrastra y a veces solo quedan residuos en las playas de las islas.

De las playas de las islas también salieron, emergieron desde su desechado abismo, otras maderas que ahora ocupan un sitio único en la pintura canaria.

 

Marta Mariño pertenece a lo que los críticos de arte y la propia historia del arte en Canarias llama «generación de los 80» por una serie de razones de tipo biográfico y pictórico.

A partir de la década de los años ochenta, con la popularización de la cultura, la generación de nuevos espacios culturales, la apuesta intelectual por las artes y la literatura, y favorecida también por el contexto social de Canarias en aquel momento de transición, se da un fenómeno particularmente interesante para toda la actividad creativa en el archipiélago.

Así se realizaron numerosos proyectos dirigidos a los creadores y creadoras canarias que empezaban a despuntar en el panorama artístico nacional. Tal fueron los «Talleres de Arte Actual» coordinados por pintores tan relevantes como Juan Genovés, Jordi Teixidor o Canogar.

De estos encuentros salieron reforzados tanto temática como técnicamente muchos artistas que encontraron así nuevas formas expresivas; tomando como ejemplo se pueden citar los numerosos murales realizados bajo la mirada de Genovés en Telde o en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, que aún se conservan.

Con estos antecedentes Marta Mariño fue consolidando su papel de madurez plástica, pasando en la actualidad, y después de treinta años de trabajo, a ser una de las pintoras sobresalientes de Canarias, con obra en numerosos museos y colecciones particulares, así como en la realización de más de 15 exposiciones individuales. (Del catálogo «Los años pintados 1977-2007»)

SINESTESIA O CÓMO DECIR CALLANDO
Sergio Domínguez-Jaén

Atribuirle un color a una determinada tonalidad fue un hecho común a algunos músicos del siglo XIX y principios del XX. Los colores y las notas, los colores y los acordes estaban para estos músicos íntimamente ligados a sensaciones y sentimientos, atribuyendo impresiones de los sentidos a contenidos cromáticos o literarios, ya que también fue reiteradamente usada en aquellos escritores adscritos al simbolismo.

En este proyecto he querido poner de manifiesto, precisamente esa retórica de la confusión que hace, a veces a la fuerza, que ciertos objetos, situaciones o acontecimientos abstractos como la música o la pintura, puedan tener carácter sinestésico.

Esta propuesta, compuesta por una serie de lienzos de pequeño y gran tamaño realizados con técnica mixta, donde se representan figuras de animales extraños, notas musicales y trozos de piezas de algún instrumento musical, maderas donde el collage y la pintura se mezclan para ofrecer otras lecturas, pequeñas figuras realizadas con material reciclado, donde unos tocan instrumentos, otros proyectan dinamismo o simplemente permanecen. Encontramos también piezas de unos 4 metros que son teclas de piano realizadas en madera, intentando contener el tiempo y hacer fusión entre el mundo sonoro y el mundo mudo, entre el silencio que es preciso para que exista la música y el silencio que no es preciso para que exista la realidad.

En este escenario de confusión los objetos, lienzos, esculturas antropomórficas, sinuosas, plagadas de formas vegetalizantes o encriptadas en un bestiario poco común, hacen del ruido la total comunicación de los sentidos.

Aquí no hay ningún músico, fauno o bestia que esté produciendo música alguna, este es un concierto mudo, una sinfonía de absurdos, donde nadie se entiende; ni se escucha por la visión ni se ve por la escucha.

Así, en su particular modo de actuar en la realidad estos personajes tratan de entenderse en un sin sentido, donde los colores gritan, sinestesia primordial en el corazón del cromatismo.

Aquí nadie se entiende, están ajenos a una realidad que los supera y que desde la burbuja sintomática donde se mueven no les alcanza la razón para entender que el mundo se desmorona a sus pies y que las artes, la música, la literatura, el pensamiento no han logrado sacarnos de una historia que ya no se repite a base precisamente de perpetuarse sino que se inventa nuevamente cada día sin el menor atisbo de que sea real o concreta.

Las nuevas tecnologías con una infinidad de posibilidades comunicativas, han contribuido a teñir el escenario social de sonoros ruidos, de interpretaciones falaces o de ninguneos productivos políticamente pero nunca adherentes o inclusivos con aquellos a los que hay que mirar la cara de frente.

Llena de oprobio esta etapa historiográfica, donde se están dando casos que creíamos erradicados por lo menos de la cuna del pensamiento, Europa con sus guerras, ha puesto sobre la mesa una nueva forma de entender la realidad y de apartarse del camino que había emprendido después de la II Guerra Mundial al grito de «nunca más».

Esta sinestesia, que es como se titula esta propuesta, quiere incidir en el mundo del arte y su papel como mero espectador de la realidad ligado más a una reflexión sobre la naturaleza, desde una posición burguesa y asintomática, o el arte como herramienta que hoy más que nunca se hace necesaria para paliar en lo posible la hambruna ética y moral que nos asola.

Nunca estuvo más solo el color que cuando no se le escucha. Nunca estuvo más mudo el sonido que cuando no se le ve.

 

MARTA MARIÑO, LA COHERENCIA Y LA PINTURA

Sergio Domínguez-Jaén

En el año 1991, el suplemento cultural La Fábrica Atlántica del periódico Canarias 7 hacía balance del año anterior y lo calificaba como «un año decisivo para la cultura en Canarias», añadiendo que «dichos signos llevan a considerar que el arte ha conquistado definitivamente su estatus de una avanzadilla espiritual y transformadora en la sociedad del archipiélago».

En este suplemento se agrupó a una serie de artistas implicados en diferentes disciplinas artísticas –entre ellos Marta Mariño– que habían destacado por su coherencia y solidez en la década anterior.

No es de extrañar que a este entusiasmo se sumaran críticos y literatos, pues en los años ochenta comenzó a forjarse un ambiente cultural en las islas, auspiciado por las políticas culturales del momento tanto desde el Gobierno autonómico como desde los cabildos y municipios. Con los «Talleres de arte actual», muchos artistas iniciaron su trayectoria de la mano de maestros como Lucio Muñoz, Juan Genovés, Hernández Pijoan, Gordillo, Canogar, Jordi Teixidor y otros.

Durante esa década, las exposiciones colectivas proliferaron, al igual que las grandes instalaciones, como la transformación de la Catedral y la Plaza de Santa Ana en soportes artísticos.

Este compromiso cultural, reforzado por la apertura de galerías, ayudas a artes emergentes como la videocreación o los soportes digitales, y una oferta mediática en crecimiento, dio lugar a un notable auge del arte contemporáneo.

Este movimiento no surgió de la nada: se nutrió de corrientes como el pop art, el expresionismo abstracto, la neofiguración, el surrealismo, el conceptualismo, el minimalismo y el uso de nuevas tecnologías. En este contexto emergen numerosos artistas canarios.

La llegada del PSOE al poder supuso un revulsivo cultural, donde la cultura subvencionada se consolidó y a la vez se mantuvo una libertad creativa. Aparecen colecciones como Nuevas escrituras canarias, se inaugura el Centro Atlántico de Arte Moderno y se reforman centros como La Regenta y La Granja.

Revistas como La Página, Cuadernos del Ateneo, Sintaxis, Hartísimo, Blanco o Balcón, junto a fanzines y redes internacionales, amplían el horizonte crítico.

En este resurgir situamos a Marta Mariño, quien comenzaba su camino antes de los ochenta con una exposición en Cruz Mayor. Desde entonces, su inclinación por la figuración, con un halo de abstracción, marca una trayectoria coherente y personal.

Su obra, ajena a la serialización, se distingue por una figuración encriptada y un sello inconfundible. Aunque algunos puedan tacharla de manierista, Mariño mantiene una voz propia.

En el debate generacional, podría adscribirse a los setenta, aunque ni Carlos Díaz-Bertrana ni Fernando Castro mencionan a mujeres artistas en sus estudios. Solo Lázaro Santana reconoce a Pepa Izquierdo en su análisis sobre la «Generación de los setenta».

En 2001, el comisario Orlando Britto Jinorio, en una revisión crítica del siglo XX en Canarias, reconoce la incorporación de mujeres como Marta Mariño a las artes plásticas.

En lo técnico y temático, Mariño evoluciona desde la figura humana y el paisaje hasta la abstracción simbólica. Su serie Intimista, la exposición Golf (1988), el proyecto Anastomosis (1993), Maresía (1997), Naturam (2003) y Códex (2006/2007) muestran esta progresión.

En Cercanías (2000), introduce el pale como soporte, incorporándolo al discurso pictórico. La representación de los riscos de la ciudad adquiere una belleza nocturna y sinuosa inédita.

Su obra en madera convive con la pintura al óleo, explorando temas como insectos y fruta en Naturam. En Códex, aborda simbólicamente el Apocalipsis en una fusión técnica y conceptual.

Destacan también sus dibujos, como el del interior de la Catedral, de gran precisión técnica y sensibilidad.

Su estancia en los campamentos saharauis de Tinduf deja huella en una obra de fuerte contenido humano y crítico.

LOS AÑOS PINTADOS EN UNA TRAYECTORIA COHERENTE Y ENTREGADA

Este texto justifica, desde la subjetividad del autor, la relevancia de la obra de Marta Mariño. Su trayectoria individualista, alejada de las modas, invita a una reflexión profunda sobre el papel del arte.

En tiempos de revisiones y redefiniciones, la pintura de Mariño se mantiene firme, aportando una visión madura y genuina. Escritores y poetas han sido, más que los historiadores, quienes han elaborado una excelente literatura sobre el arte en Canarias.

Concluye con una cita de Steiner recogida por Bruner: «De gustibus non disputandum», recordando que el juicio estético no puede ser calificado de correcto o incorrecto. Una reflexión final sobre la relación entre arte, realidad, misterio y medio, en un mundo donde el arte aún guarda muchas sorpresas por desvelar.